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Diciembre y la pileta

Pasé a buscarlo por el jardín maternal a la salida del trabajo. Pleno diciembre, eran las tres de la tarde, hacía mucho calor. Le puse protector solar y su gorrita antes de salir a la calle, había que cuidarlo del sol. De cualquier manera íbamos a llegar tapados de transpiración. Dormimos camino a casa en el micro. Sí, tengo que admitir que cuando él se dormía en mi falda, yo me dormía con él. En realidad iba adormilado, él podía caerse o podíamos pasarnos de largo. Casi siempre se despertaba al bajarnos. No sé si era una cuestión inevitable de los movimientos o yo no sabía hacerlo. Y si no se despertaba al bajar del micro, se despertaba con los perros de la calle. Y andá a dormirlo de nuevo caminando. Ese día se despertó cuando terminé de bajar del micro, con las dos mochilas, con él en mi hombro, con el sol pegando desde el cielo. Apenas abrió sus ojitos bellos, esos que parecen dos uvitas. No recuerdo si se quejó, pero no los abrió mucho más, siguió acomodado en mi hombro mientras...

Alcohol, tabaco, marihuana y amor

  “Ya estoy viejo para esto” pensó mientras abría los ojos, encandilados por toda la luz que entraba de repente a sus pupilas dilatadas. Volvió a cerrarlos, se estiró, pasó las manos por el pelo revolviéndolo un poco más y se refregó los párpados. Fue al baño y se vio en el espejo. Sus ojos estaban tan demacrados que no eran ni parecidos a los de la noche anterior. Tenía las ojeras más grandes de su vida y el gusto en la boca era una mezcla rancia de cigarrillos, marihuana y cerveza. Hacía bastante tiempo no fumaba y parecía que había fumado para recuperar el tiempo perdido. Empezó a moverse por inercia mientras recordaba la noche que había pasado. Ella llegó temprano, de eso se acordaba perfectamente, la había estado esperando ansioso (y sobrio). Charlaron un poco, salieron al patio, fumaron cigarrillos. Volvieron a entrar, agarraron dos cervezas de las que había traído ella y se sentaron a ver una película abrazados. A él no le gustaba fumar adentro, pero esta vez no le importó...

El colgado

  Todavía no son las 7 de la mañana y siento un sabor amargo en mi boca. Me dirijo al baño a lavarme los dientes a ver si puedo quitármelo, pero no se va. Nunca se sintió tan real el sabor de la amargura. Sé que es redundante, pero el pleonasmo es necesario. Ese amargor es un sabor que parece que estuviera impregnado en mis papilas gustativas. Me miro al espejo y me veo cansado a pesar de haber dormido toda la noche. Vuelvo a abrir el agua y me mojo la cara. Estoy tratando de recordar qué soñé, quizás eso fue lo que me dejó tan cansado, pero tengo vagos recuerdos. Hay algo de comida, yo intentando comprar. Yo intentando comprar comida. Y no mucho más. A medida que me voy despertando voy recordando un poco más (raro por ser un sueño). Recuerdo una sesión de tarot. Sí, anoche estuve leyendo sobre tarot. Nunca creí en la adivinación ni en ningún tipo de práctica que escape lo científico. Siempre lo vi como algo que no puede ser comprobado, que usa frases sumamente generales para “da...

El ritual

  Con mi grupo de amigos tenemos una fecha inamovible. Sé que el día del amigo es un día comercial como dirían muchos. Sé que podemos celebrarlo el resto de los días si quisiéramos. Pero la realidad es que para nosotros el 20 de julio siempre fue sagrado. Desde la adolescencia, en el barrio, nunca faltó el asado en la casa de algunos, siempre estuvimos ahí, infaltables a cada día del amigo en que coordinamos para comer y tomar algo. Es algo que siempre conté con bastante orgullo. Nos conocemos hace ya más de 20 años y entre idas y vueltas, altas y bajas, formamos nuestro grupo estable. Algunos empezaron a irse del barrio. Cada uno hizo su familia, formó su hogar, se fue a vivir a otro lado. Más lejos, más cerca. Quizás podemos no vernos el resto del año o quizás podemos vernos varias veces en el transcurso de uno o dos meses, pero ya no es igual a cuando vivíamos todos en la misma cuadra. Las juntadas regulares dejaron de ser entre todos. Y luego dejaron de ser regulares. Ya no...

Un póster

  Siempre me he reconocido como alguien que no sabe mucho de cine, pero creo que puedo hablar sobre mis gustos. Terminé de ver Inception a las 5 de la mañana en el comedor de mi casa. Me explotó la cabeza. No podía terminar de asimilar todo lo que acababa de ver. No quería irme a dormir. “Tu mente es la escena del crimen” dice uno de los afiches, y mi mente lo único que quería era no ser invadida. “El sueño es real” dice el otro, y yo lo único que quería era no soñar. Sé que Nolan explicó el final de esa película. Pero hay cosas que prefiero no leer. Me gusta conjeturar sobre el final y el desarrollo. En general cuando veo algo me gusta encontrar detalles, referencias, pequeños hilos que se unen entre distintos lugares de la trama. Inception me dejó un montón de eso y cada vez que veo la película intento encontrar esos pequeños detalles. Siempre termino sintiendo que encuentro cosas nuevas o que al menos es la primera vez que las veo. Y eso es algo que me sucede con pocas pel...

Nada más que el tiempo

Caminamos juntos las últimas cuadras, pero esta vez ya no íbamos de la mano. Eso ya no estaba, ya no existía. Ya no había “vos y yo”, ahora era “vos” y “yo”. Ya no había un futuro, ahora había dos. Y así, tratando de disfrutar los últimos momentos, caminé a tu lado. Como si no fuera la última vez, como si fuera cualquier otra caminata que hubiéramos tenido, como si fuera la primera. Nos detuvimos y nos miramos. El silencio no terminaba de ser incómodo. Te dije "Te amo" . Me dijiste "Yo también" . Te dije "Hasta siempre" . Acaricié tu cara, tomé tu mano. Me dijiste "Adiós" . Besé tu mejilla. Y así te vi perderte entre el ruido y la gente. Te vi desaparecer entre el decorado. Radiante y hermosa, como siempre. Así te vi alejarte por última vez. Pero como no me alcanzaron esos momentos decidí escribirte estas palabras, que espero que leas y no terminen en un tacho de basura. Alguna vez leí que el genio deviene de la infelicidad y el desamor en el...

Consejos de cubículos

Chocaron en la entrada del baño. Ya se habían cruzado en el edificio, pero solamente de vista en los pasillos. Se miraron mientras recogían los papeles. Se veían dos generaciones en esas caras. Romina llevaba más de 15 años haciendo el mismo recorrido en los tribunales, ganando los mismo casos, cobrando siempre sus honorarios abultados de abogada exitosa y con renombre. Lourdes se había matriculado hacía menos de un año y éste era el primer cliente que la había contactado para un caso casi imposible y dejaba notar los nervios en sus ojos. – Lourdes, ¿no? – preguntó Romina cerrando su maletín y entrando a un cubículo. Hablaba y se movía como si estuviera con una vieja amiga. – Sí – respondió ella con miedo, entrando al siguiente. – ¿Nos conocemos? – Yo a vos sí. Pero quedate tranquila que no es personal, siempre investigo todo del caso que me toca ganar y obviamente sé que vos sos la abogada de la otra parte. Me gusta lo que encontré de tu perfil. Lourdes tembló. Sintió cómo se ponía pá...